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Sobre la Calidad en la Educación Universitaria
Por Federico García Posada
(El presente texto fue escrito en medio del Proceso Colaborativo de Acreditación entre las Universidades: Andes, Antioquia, UPB, Eafit, Externado, UIS, Javariana, Nacional, del Norte, del Valle y ASCUN.)
Es posible establecer la calidad de una Universidad. No es una tarea fácil, porque las universidades son fenómenos sociales y como tales, son por definición muy complejos. Tampoco es una tarea que pueda abordarse en una sola dimensión temporal. Para ello, la historia, el presente y las potencialidades, deben ser consideradas desde el punto de vista de la unidad de la Universidad en estudio.
Y no basta, tampoco, por indagar qué se dice de ella o qué dice ella de sí misma. La conciencia que de una institución tienen quienes interactúan en su interior, puede estar deformada por la dialéctica entre sus estamentos o por la situación de cada individuo en la perspectiva de sus intereses. Igual ocurre con quienes la “observan”: preferencias de grupos sociales o ideológicos, experiencias puntuales magnificadas o la posición ante la publicidad que una institución reciba, afectan esas apreciaciones. Y esos son apenas algunos de los factores que pueden construir una imagen acomodada.
La acreditación pretende obviar esas dificultades. En cierto sentido supone un ejercicio investigativo, pues apunta a reconstruir la teoría de cada universidad en particular, teniendo como referencia el deber ser conceptual de ellas en un momento dado del desarrollo de la sociedad. Ese deber ser ser está escrito en la historia de la Universidad, como una misión que se da a sí misma, y con cuyo cumplimiento pretende satisfacer las necesidades de educación superior de una localidad, una región o un pais. Ella misma es una comunidad inscrita en ese contexto social al cual pretende servir. Esa condición la habilita para interpretar las necesidades sociales. Pero el reconocimiento que la sociedad hace de esa misión, si bien se constituye en un derecho a tener la denominación de Universidad o institución de Educación Superior, supone un deber ante la sociedad: tener la calidad de tal.
A una sociedad puede no interesarle un ejercicio por medio del cual la universidad demuestre su calidad. Pero esta es una hipótesis poco probable hoy en día. La interdependencia o internacionalización del conocimiento, la saturación de la información y el rompimiento de los límites locales, la presión competitiva de la economía sobre las profesiones y los oficios y una conciencia diferente de la inversión privada o familiar en tiempo o en dinero que apunta a cumplir unos mínimos de rendimiento o de eficiencia, han terminado por establecer las exigencias de demostración de calidad como una condición básica y casi rutinaria. Ya no basta la simple declaratoria oficial y formal de que se tiene calidad. Tampoco la proclamación que de ello haga cada universidad por la vía de la propaganda. En este sentido, puede afirmarse que las autonomías han cedido, pero no como un atentado a la integridad de las universidades, sino como una readecuación al estado de desarrollo de la sociedad:
La sociedad no es una masa uniforme. Está conformada por grupos variados con intereses también diversos y a veces opuestos. Los puntos de vista de unos grupos sociales, a la larga pueden o no validar a una universidad, en cuanto ésta es un proyecto social de trasmisión y desarrollo del conocimiento. Las expectativas ante el cambio, la amplitud y profundidad de los horizontes culturales, el nivel de conformidad con el orden, la resistencia a uno u otro tipo de tendencia, de alguna manera constituyen la materia prima de lo que ha de ser la misión de una universidad en particular. Esto ha permanecido constante desde los comienzos mismos de la Universidad en Occidente y ha sido apropiado por otras culturas.
La autonomía no puede ser pensada, entonces, como la capacidad de aislarse del cuerpo social. Al contrario, ella encarna la autonomía que grupos sociales tienen para darse su propia universidad. Eso la hace ser imprescindible -la autonomía- en la consideración de los criterios o características que debe reunir para ostentar la calidad de Universidad.
Pero no es solo imprescindible como un supuesto moral. De hecho, de allí se derivan consecuencias operativas. La definición y la valoración de los aspectos que conforman de hecho la calidad de la universidad, están filtradas por la naturaleza de su vinculación social. Es decir, digámoslo de nuevo, por su misión.
Puede quedar sin embargo, la sensación de localismo en la determinación de la calidad de una institución universitaria. No. En realidad, se quería señalar cuánto pesa lo particular, lo singular. Pero, ¿acaso pertenece a sólo una comunidad, a sólo una localidad, a sólo una nación la idea misma y la práctica de la Universidad?. Habrá que responder que las universidades tienen el carácter de un bien universal. Ellas son patrimonio de la humanidad. La práctica universitaria de los pueblos durante siglos, ha ido reconstruyendo cada día el concepto de Universidad, y con ello también, ha ido estableciendo de manera práctica unas características estables que, reunidas, conforman la Calidad deseable de una institución social, para ser definida sin lugar a dudas como universidad.
Esas características construyen consenso entre las comunidades académicas particulares e identificación entre sus miembros. De allí surge la posibilidad de existencia de los pares, que no son en sí personas sino expresiones individualizadas del consenso y la identidad de la comunidad académica. Por eso los pares no son por definición "especialistas" en evaluación. No son criaturas de una raza especial de evaluadores, sino, materializados en una persona, miembros de la comunidad académica destacados en su ámbito local, porque en ellos se expresan en grado superlativo las características del universitario.
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